viernes, 7 de octubre de 2016

Se fue El Buscavida

El jueves (6 de octubre), a las 13 horas, falleció en el Hospital Samco de nuestra ciudad de un paro cardiorespiratorio, Nicolás Gabino Leguizamón, más conocido como "El Buscavida". Personaje ligado indisolublemente a la Plaza de la Constitución. Tanto que sus familiares expresaron que "Siempre quiso que le pusieran una plaquita en la esquina donde el vendía su garrapiñadas. Si lo podemos hacer posible toda la familia estará agradecida".

Aprovecho este espacio para recordarlo recuperando la nota que le realicé en el año 1999 para la sección El Personaje de la Semana, de Diario EL SUR. Fue publicada el viernes 12 de marzo de aquel año.


NICOLAS LEGUIZAMÓN: EL BUSCAVIDA
La figura de Nicolás Leguizamón se encuentra, hoy por hoy, asociada en forma inseparable con la fisonomía de la Plaza de la Constitución, en la esquina de San Martín y Lisandro de la Torre, tanto que muchos lo suponen villense, aunque en realidad vive en Empalme, localidad a la que arribó hace más de tres décadas, proveniente de Santiago del Estero. Incluso su nombre es ignorado por la gran mayoría que simplemente lo conoce como: «El buscavida», apodo que ostenta con orgullo, ya que es la forma que eligió para vivir, libre, en la calle, conversando con todos e intercambiando un recíproco afecto ganado en base a honestidad, generosidad y buen humor.

Desde Santiago del Estero
Conversar con «El Buscavida» no se hace fácil, a cada momento debe interrumpir el diálogo para responder a algún saludo. Pese a ello, a la sombra de los añosos árboles de la plaza Nicolás Gabino Leguizamón me cuenta su historia, esa que se inició el 18 de agosto de 1947, cuando nació en un pueblito de Santiago del Estero llamado Pintos, «pero hace muchos años que vine para acá, ya soy más santafesino que santiagueño», acota.
Con respecto a su llegada a nuestra zona los recuerdos no son muy precisos. «Yo tenía. más o menos, dieciséis años», dice. Vino del «campo, donde lo único que se veía eran animales, pero no había ningún porvenir, nada, por eso vine para Santa Fe». Llegó solo ya que eran sólo dos hermanos, «yo, el único varón, y mi hermana que está en Córdoba. Mi abuelos tenían campo, y al morir ellos se hizo la sucesión y todos nos apartamos».

Las Cuatro Esquinas
Cuando llegó el momento de elegir el nuevo destino «mi madre eligió Córdoba y me quiso llevar, yo no quise ir con ella y como tenía una tía acá en Santa Fe me vine para su casa». Esa casa está ubicada en el paraje «Las Cuatro Esquinas», cerca de Empalme. «Ahí empecé a trabajar, después me fui a Empalme, me instalé y formé mi familia». Una familia constituida por su esposa, Ambrosía Taborda y sus hijos Luis Alberto, Juan Eduardo y Emilce.
Volviendo a su primer tiempo en la zona recuerda que «había muchísimas chacras y me dediqué al trabajo rural. Después me fui a Empalme, entré en las empresas (contratistas) y andaba así. También fui albañil... me la fui rebuscando, siempre golpeando por las casa.. por eso me dicen el buscavida». De pronto recuerda que «pasé muchos años vendiendo plantas en la calle» y aún hoy se dedica al cultivo de plantines.

Plantas a domicilio
San Nicolás fue una ciudad que también conoció de su tesón y fuerza de voluntad, allí vendía plantas, recuerda que «me preguntaban a qué plantas me dedicaba si árboles, cítricos, yo les decía que sé. Tenía una libretita donde anotaba todo lo que me pedían. -¿Y cuándo va a volver a traernos el pedido?, me preguntaban. -El domingo, les decía. Entonces el domingo a primera hora agarraba el auto, le colocaba un acoplado, y me iba a San Pedro con mi hijo y de allá veníamos cargado de plantas, apenas quedaba un lugarcito para sentamos nosotros. Y hasta las once o doce del domingo estábamos meta repartir plantas en San Nicolás, a domicilio".

Con aroma a garrapiñada
En cuanto a su presencia en la plaza, ésta tiene su historia: «Mededicaba a la venta de flores en la calle, los martes, miércoles y viernes me iba al mercado de flores (En Rosario) Y tenía un amigo que trabajaba en el banco en Rosario y tenía un puesto en Caferatta y Urquiza. Trabajaba en el banco y a la tarde tenía un puestito (de venta de maní garrapiñado). Nos hicimos amigos y era un lugar donde me gustaba ir a comer garrapiñada».
«Un día me dice: -¿No te interesaría, allá en Villa Constitución, tener un puestito como éste?. -Nooo... le digo yo, es muy difícil». Pese a su negativa el amigo se comprometió a enseñarle su arte «y empecé, cada vez que iba a Rosario me iba a ese lugar, y me dedicaba a hacer la garrapiñada». Así pasó un mes cocinando garrapiñada, «tres veces por semana, un ratito, hasta que abría el mercado, después me iba a comprar flores».

En la plaza
Al tiempo recibió la aprobación del maestro: «Ya estás preparado para hacer manzanas, pororó y todo eso». Así que «me presenté un día (en la plaza) con un tarrito, un calentadorcito y una mesita. Y había un garrapiñero allá (en la esquina de San Martín y Hipólito Irigoyen) y me dije: -i Qué me vana comprar a mí, si aquel tiene uncarro hermoso!».
Pero como es su costumbre no se desanimó y empezó a preparar la garrapiñada y el aroma empezó a atraer a la gente que esperaba la primer tanda: -¿Y cuándo sale?, preguntaban. -Ya sale, ya sale. Y apurado para poder sacar la primera ollada la pasé, se me arrebató y tuve que tirarla. Y la gen- te me decía: -Paciencia, ya va a salir, ya va a salir».
Sin desesperarse les propuso a sus primeros clientes que pasaran a la vuelta «porque voy a hacer otra aliada más, la hice y me salió una barbaridad. Y así empecé, hace siete años».

Un abogado providencial
Un día, el «busca», como le dicen los amigos recibió el consejo del abogado Miguel Vergara para que se construyera «un carrito, lindo, que va a trabajar más cómodo». En un primer momento rechazó la sugerencia aduciendo que «la gente a lo mejor me compra de lástima, por la mesita». Sin embargo Vergara insistió y terminó aceptando la idea.
Así, a instancia del desinteresado gesto del abogado, que día a día lo veía preparar sus garrapiñadas, nació el clásico carrito del buscavida. Un carrito que se convirtió en un símbolo del trabajo y del respeto. «Yo respeto a todo el mundo, y todo el mundo me respeta y me aprecia», asegura.
Gracias a su forma de ser jamás tuvo problema alguno, «nadie me toca nada. A veces la gente me dice: -Señor, me falta una moneda, o veo que el chico llora y no pueden comprar. -Acá lo tiene (y hace el gesto de estar entregando algo). Y me dicen: -Después se lo pago. -Nooo... -les digo-, ya está pagado, hay alguien arriba que mira (y señala al cielo). Ya está pagado, hay uno arriba que lo mira, así que vaya tranquilo».

Bicicleta
«Me acuerdo que tenía una bicicleta de reparto, la cargaba en Empalme con cítricos y con esa bicicleta iba hamacándome con los cítricos pa' todos lados. Y bueno... agarraba por Dorrego y me iba al cruce de Theobald, iba a Theobald, después a La Emilia, de ahí a San Nicolás y venía de vuelta. Eso lo hacía todos los días», cuenta. Hasta que un día «viniendo de Empalme un rastrojero me pasa y me toca la punta del codo con la mariposa de la puerta de atrás, pero por suerte no me tumbó. Y dije: -Nunca más voy a andar en bicicleta por la ruta. Y abandoné. De ahí me dediqué a mi carrito.».




lunes, 26 de septiembre de 2016

Mario Carrillo y Los amores del Sr. Comisario

En el centro. Mario Carrillo, a su izquierda Ernesto Parrilla.
El viernes 23 de septiembre, día en que Villa Constitución cumplió 66 años de su declaratoria de Ciudad, algunos villenses nos dimos a celebrar otro acontecimiento de relevancia: la presentación del primer libro de Mario Carrillo. Periodista y gran tipo, por lo tanto colega y amigo. Y como me lleva una década de ventaja, también es uno de mis maestros. 
"Los amores del Sr. Comisario", se llama esta obra compuesta por cuentos de su autoría y de la cual me enorgullece ser uno de los prologuistas, junto a otro admirado y querido amigo, Ernesto Parrilla, multipremiado autor local.
La fiesta fue en el espacio de Arte y Cultura de Casa Mural donde una importante cantidad de público acompañó este feliz alumbramiento.
Comparto con Uds. el prólogo que escribí y en el cual encontrarán detalles de un libro que es menester leer, sobre todo si se es villense.

Palabra Viva

Queridos lectores, permítanme comenzar con una definición trillada pero no por ello menos efectiva, ya que Mario Carrillo –porque de él hablamos-, cumple con aquella frase de León Tolstoi que resume la labor que debe cumplir un escritor: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Pero Mario da la sensación que va un poco más allá, él es su aldea. Mario es ese barrio Talleres que tan bien pinta en sus escritos, ese barrio que fue el primero de Villa Constitución y, por ende, Mario también es Villa Constitución, por eso sus textos son de lectura obligatoria para los villenses. No obstante sus personajes, con otros nombres y en otros enclaves, son universales y así cualquier lector puede disfrutar los, y sin dudas identificarse con ellos, como si se reencontrara con viejos conocidos.

Aunque hay una salvedad a esa universalización, Villa Constitución es una ciudad compleja y única, y esa complejidad también se advierte en los escritos de Mario. Un rápido repaso de la situación geográfica tal vez sirva para aclarar este concepto. Villa Constitución conforma el taco de la famosa bota santafesina, es como un espolón que se hunde en el amarronado Paraná. Es una ciudad bañada por ese río, por lo tanto es litoraleña, pero también la rodea la pampa húmeda, y es agraria y gringa; y la recorre el cordón industrial y es metalúrgica; y los metalúrgicos son hombres llegados desde las más diversas provincias, por lo que Villa creció de golpe a fuerza de inmigrantes, y tiene una polifonía de voces y acentos. Y tiene un pasado portuario y ferroviario, y por todo ello carece de una identidad definida.

Todo ello se encuentra en los cuentos, relatos y poemas de Mario: el río, el puerto, la ciudad, el campo, el ferrocarril, el barrio, el pasado, los trabajadores, la gente. Pero Mario también es complejo y polifacético. Repasemos: como deportista fue boxeador, judoca, karateca y rugbier –además de ser hincha de Independiente-, lo cual le da a su obra la impronta y la fortaleza de un atleta, de alguien que trabaja las palabras como si trabajar sus músculos;  también fue prefecturiano, bancario y quién sabe cuántas cosas más, lo que le permite una mirada amplia y profunda del mundo que lo rodea. Y,  por supuesto, es Periodista –así, con mayúscula-. Este último oficio le faculta una elaboración aguda, detallada, escrutadora, de sus personajes.
Y aquí se presenta otra salvedad necesaria de marcar porque también hace al resultado de la escritura: Mario es un periodista de pueblo –aunque también podría decirse “del pueblo”, lo que implica una sustancial diferencia con los periodistas de las grandes ciudades. Allí se es conocido a nivel mediático pero anónimo en la calle; aquí se es conocido por todos en todo lugar, muchos de los cuales saben qué puerta golpear –o patear- para encontrarte y hacerte saber sus opiniones sobre tu labor, las que no siempre son halagüeñas. Pero esos son gajes del oficio. Lo cierto que esa proximidad con la gente hace que uno, como periodista –yo también lo soy- tenga una relación más estrecha con los personajes sobre los que luego escribirá hasta, a veces, convertirse en ellos en el papel.
Además, como buen periodista, Mario quiere revelar aquello que a veces queda velado a la mirada cotidiana de la ciudad, recuperar aquellas historias pequeñas que hicieron en su sumatoria a la historia mayor de su pueblo. Mario busca, hurga, reencuentra y reinventa anécdotas, relatos, personajes, situaciones. Nos hace contemporáneos de aquellas cosas que nos cuenta y no podemos menos que reconocernos en cierta forma en ellas. Yo que soy villense como él –aunque una década menor-, me emociono con su obra, rescato parte de mi infancia y viejos recuerdos familiares porque viví cosas parecidas. Es una misma nostalgia y no tengo pudor en decir que leyendo algunos de sus cuentos alguna lágrima se me pianta.
Pero a no equivocarse, no todo es melancolía y añoranza por el barrio que se fue, Mario es un tipo de gran humor, a veces provocador y un tanto socarrón, por eso transitando sus cuentos uno salta de la ensoñación o la nostalgia a la carcajada irreverente o la sonrisa condescendiente.  A esta altura siento que me reitero, que queda más que evidente que este libro que tienen en sus manos es completamente disfrutable. Para los villenses sin duda lo será porque encontrarán numerosos nombres conocidos, para aquellos de otras latitudes no creo que haya demasiada diferencia porque estos personajes y sus vivencias se hallan repartidos por todo el orbe.


Sobre el epílogo de este prólogo me permito una breve reflexión. Un escritor siempre deja en sus obras una huella de su personalidad, de aquella madera que lo conforma y esa savia que lo nutre y alimenta su imaginación. Cuando esa personalidad es polifacética como el caso de Mario Carrillo, lógicamente el resultado es similar. En un mismo libro puede exhibir un amplio muestrario de las más variadas situaciones personales como así también de su entorno. Por ello me atrevo a afirmar que este no es un libro de cuentos y relatos, tienen en sus manos una sustancia viva que los atrapará. Esto es un alma en tinta y papel. Esto es Mario Carrillo viviendo en lo que más ama: las palabras.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Y LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO

En 1986, a 10 años de la Noche de los Lápices, conocí a Pablo Díaz, único sobreviviente de aquellos fatídicos e infaustos sucesos. 5 años después recordé ese primer encuentro en una nota que escribí para el Semanario Tiempo y publicada en su edición del 27 de septiembre de 1991, con una ilustración de Gustavo Lelli.


Hoy, a 25 años de la Noche de los Lápices la recuerdo a manera de homenaje a Pablo y al resto de estudiantes.

Y LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO

Cuando conocí a Pablo, personalmente digo, ya conocía su historia a través de un libro, que ojalá nunca se hubiera escrito, es decir, ojalá nunca hubieran acontecido los sucesos que tan fielmente relata. También lo conocía por una película tan dolorosa, por lo cierta, que me obligó quedarme sentado en mi butaca golpeando contra ella, mudo de impotencia. Cuando conocí a Pablo, ya conocía su historia.
Y me dolía,
Y allí estaba Pablo, diez años distinto. Pero era el mismo adolescente, idealista, solidario, soñador, enamorado. Pese a lo sufrido, seguía siendo el mismo de la historia. En ese momento no entendía muy bien de dónde sacaba fuerzas para seguir. Lo entendí tiempo más tarde, en la facultad, cuando oí aquella consigna, que también canté y que dice: "Somos de la gloriosa juventud argentina/la que hizo el Cordobazo, la que peleó en Malvinas/a pesar de los golpes y de nuestros caídos/la tortura y el miedo, los desaparecidos/no nos han vencido". Y no vencieron a Pablo, como no vencieron a su generación. Su generación, y aquí me permito citar al mismo Pablo: "Yo soy de una generación que se entregó por completo a un proyecto determinado de país. Con una metodología distinta, desde ya, pero con la pureza de llevar adelante una liberación, con la pureza de volcarse a las villas, a los barrios. De asumir, cada uno, en su sector un compromiso, una participación. Pero también de sumar un sentido de justicia más un sentido social".
Era el mismo Pablo, en la forma de ser. Aunque su mirada era más triste, su sonrisa melancólica. Pero es lógico lo acompañan los fantasmas de una generación que secuestraron, torturaron, violaron, mataron, y desaparecieron. Al igual que lo hicieron con sus amigos. Y así están en él, los truncos 18 años de Horacio y Daniel, los 17 de María Clara, los 16 de Claudio, los 14 de Francisco, y los especiales 16 años de Claudia, de esa Claudia que aún baila en la melancolía de sus ojos.

Cuando conocí a Pablo, les dije, ya conocía su historia. Sabía de aquella fatídica noche de La Plata. Aquella infame y dolorosa noche del 16 de setiembre de 1976 cuando sus amigos fueron secuestrados por fuerzas parapoliciales. Sabia de esa historia que señala que cinco días más tarde, el día del estudiante, también Pablo es secuestrado. Pero Pablo sobrevive a la larga noche que dura meses y reaparece. Sus amigos no, ni muertos ni vivos, ni siquiera la dignidad de una tumba para su injusto final.
El único crimen fue ser jóvenes, con todo lo que ello implica.
El delito fue pelear por un boleto estudiantil. Simplemente por esto desaparecieron. Dice María Seoane, autora del libro que cuenta la indignidad de esta historia: `Todavía hay gente que piensa que los desaparecidos adultos andarían en algo. ¿Qué argumentos puede haber, sin embargo, para asesinar a quinceañeros?. Nunca está tan lejos de la muerte que en la adolescencia; nunca más lejos la tentación de poder que en esos años. ¿Qué razón desquiciada puede justificar este crimen?.
Cuando conocí a Pablo, después de conocer su historia, supe algo que ya intuía, de haber nacido antes yo podría haber sido uno de ellos. Un desaparecido. Lo digo con estremecedor orgullo, pero sin miedo.
Y por eso hoy escribo la historia de Pablo, como parte de mi historia. Recuerdo aquí a León Gieco cuando canta: "gente que avanza se puede matar/pero los pensamientos quedarán...". Y por allí anda Pablo, porque según sus propias palabras: "...cada uno de nosotros hoy, participando de las distintas formas está reivindicando la lucha de esa generación que hoy no está, y está llevando adelante las banderas que hoy yo estoy llevando. No hacernos más que caminar o volver a andar con toda la pureza de esa generación que hoy no está o que fue duramente reprimida".
y que sigue por allí, cantando, junto a los jóvenes. Porque tiene los sueños intactos. Porque tiene una historia que contar y seis nombres que recordar. Porque él es Pablo Díaz, la voz de una generación que hoy no está. Porque él es el sobreviviente de La Noche de los Lápices. Porque él es una de las razones por la cual, pese a todo y a algunos, pese a los asesinos, los lápices siguen dibujando el deseo de un país más justo y solidario, El es Pablo Díaz, y por el los lápices siguen escribiendo.



martes, 9 de agosto de 2016

Adiós a Cuqui, la luchadora de la República de Talleres


Es martes 9 de agosto de 2016, acaba de fallecer Cuqui Conti, a los 74 años de edad. Todo un personaje y como tal, en aquella sección que escribí para Diario Del Sur entre 1997 y 2001, reflejé su historia. Fue en junio de 1998, en la edición Nº 200 del por entonces semanario. Como homenaje y despedida, rescato aquella publicación tal cual fue escrita en ese momento, 18 años atrás.



"Cuqui" Conti: almacenera con la mística de Talleres

Existen personajes que son en si mismos un vivo anecdotario, tal es el caso de Rosa Taglientti («la Cuqui Conti» para todos aquellos que la conocen). Profundamente arraiga en su «República» de Talleres es un producto característico de este barrio, el más viejo de la ciudad. De amplia y reconocida militancia radical, cuando deja de lado su pasión política se transforma en un álbum de historias y recuerdos de barrio como los que recrea en esta oportu­nidad.

Orgullosa, Cuqui, señala que nació hace 56 años, un 20 de noviembre en su querida República de Talleres «acá mismo y acá voy a morir», dice en su casona de Libertad y Pasteur. Esa casa que fue «hecha en el año '27, mi padre compró el terreno en febrero de ese año».
Sus recuerdos se remontan a un barrio «que era muy chiquito, terminaba aquí, en la otra casa (y señala hacia calle Alberdi) teníamos el 'campito Barón', era un campito grande. Íba­mos a cazar pajaritos, todos, varones, muje­res». En ese tiempo «éramos pocos vecinos y muy conocidos, creo que de los viejos quedan Aurora, Manuelita Oterino -que es una gran amiga, una madre-, 'Chiquitína' Muriado, el 'Manco' Muriado, 'Pirula', manifiesta seña­lando reconocidos nombres del barrio. «Que­dan muy pocos, pero los pocos que quedamos somos muy unidos», afirma.

Tallarín a muerte
El arraigo de Cuqui con «su» Talleres es tan grande que le permite asegurar que «nunca me iría a vivir a otro lado. Si me sacara el Quini tampoco me iría». Asegura que la razón de ese sentimiento «es porque somos una república. Cuan­do en el '86 empezó Talleres de nuevo en el fútbol, fue luchar todos juntos, sufrir... nunca fui a la cancha porque no me gusta pero los partidos los escuchaba por la radio. Luchamos por el dub... Talleres es una república», insiste.
Y por si quedaran dudas ratifica «nací acá, mis cuatro hijos nacieron acá, se criaron acá. Mis vecinos son todos buenos, cuando nos necesitamos estamos todos juntos. ¿Qué se yo?.„ Talleres es Talleres, no hay otra manera de decirlo».


Almacén de barrio
Desde el año 81 la casa de Cuqui se convirtió en uno de los almacenes emblemáticos del barrio, «cuando se casaron dos de mis hijos quedé muy mal y el doctor Zunino me dijo que pusiera un negocio, que hiciera algo». Por entonces «tenía a Gustavo de cinco años y después de él, como regalito del cielo, vino Mauro, cuando Jorgito (el hoy subcomisario Jorge Conti) tenía 25 años».
Su almacén es un punto de encuentro común en el vecin­dario, «acá te enteras de todo, es una familia mi almacén, mis dientes son parte de mi familia. Cada uno conoce si estoy triste, si estoy contenta, si estoy alegre por algo, si tuve una noticia buena o mala con Maurito en la escuela». Antes de abrir el comercio su tiempo se ocupaba en costuras y tejido, también «teníamos gallinas, siempre ocupaba el tiempo, con conejos, mi casa era y sigue siendo una granjita, ahora tenemos un loro para completarla».


Cosas de pibes
A la hora de las anécdotas infantiles recuerda con placer el juego de la escondida «con las chicas, y chicos también, con Tito, Chiquito y Lacho Muriado, (más nombres conocidos) que también hacían teatro, en la otra esquina, al de Martos (12 de octubre y Libertad) y nos disfrazábamos, nos pintába­mos; pero sano, esas cosas sanas que habla en el barrio». También recuerda que en esos tiempos era lindo ver en los atardeceres las luciérnagas que poblabanel barrio.
Sobre finales de la década del cuarenta, se hicieron las primeras casitas sobre Las Heras, Alberdi y toda esa zona. Pero antes era todo campo. El campo de los Barón... Ah! el campo de los Barón era hermoso. Íbamos a robarles tunas, como José Oterino, ‘el Toscanito’ y Panaia le robaban los damascos a la vecina, doña Lita, y como ella me dejaba entrar solo a mi yo la entretenía y ellos le robaban los damascos».


De baile
Con el paso del tiempo llegó la etapa de los bailes en Theobald, Godoy, Pavón. «A mi no me dejaban ir mucho a los bailes. Pero un vez, el día que me conocí con mi marido (Augusto Conti) nos fuimos a Godoy, por camino de tierra y estaba por llover. Íbamos en patota, la chica de Panaia, Masella, las hermanas de Masella, iba doña Juana Muriado que nos cuidaba como a hijas, íbamos varías chicas, entre ellas yo que era la más chica. Yo decía que no fuéramos, que iba a llover pero dice mi marido que no, que iba a caer una helada y fuimos. Como a las doce de la noche empezó a llover y el colectivero se quedó dormido y nos fuimos a la cuneta, entre Rueda y Empal­me. Eran las siete de la mañana y recién pudi­mos agarrar por la vía, caminando, porque el colectivo quedó en la cuneta, trayendo a doña Juana Muriado que era una mujer grande. Llegamos a la Isaura, las medias todas corridas, todas embarradas y encontramos a Juanita Fiorio, que era enfermera. Juanita, que era muy puritana, nos dice: -¿De donde vienen chicas?. Y Lucena Panaia le contestó: -De un velorio. Cuando ella dijo eso yo salte de la risa y me caí a la cuneta. Después le pregunte por qué había dicho eso y me respondió: -¿Qué le voy a decir a las ocho de la mañana?.

Orgullo de madre
Otra anécdota tiene que ver con el respeto. «El día que nos comprometimos con mi marido yo cumplía quince años. Yo no sabía que me comprometía, pero mi marido se lo había dicho a mi papá que si lo sabía. Pero murió una vecina, había lechones, cien invitados, y mi papá dijo: -Si doña Rusolla está acá todavía (el velatorio se realizaba en la casa contigua) no hay fiesta. Decía que la llevaron a la tarde, pero eso antes se respetaba, no podías estar de fiesta y un vecino de velorio».
Volviendo sobre su compromiso cuenta que fue «a los quince años y a los dieciseis me case. Compré a Jorge a los dieciseis años y ocho meses. Tuve mi hijo muy joven, estoy muy orgullosa de él, -de los cuatro estoy muy orgullosa. Después llegó Mari (María Rosa) y cada diez años compré a los otros dos (Gustavo y Mauro)», pero su orgullo y cariño no se detienen aquí se extiende a sus siete nietos que la colman de felicidad y agradecimiento a la vida.
En cada diálogo, no importa si habla de sus hijos, de su barrio, de su partido, Cuqui trasunta orgullo. Un respetable y sano orgullo, el que tienen las personas de bien y que sienten en cada acto que realizan. Por eso su casa, su almacén, su vecindario son para ella una gran familia.



martes, 2 de agosto de 2016

Juan Defilippi: El caballero del violín

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina. 

Esta es la nota sobre Juan Defilippi, publicada el viernes 19 de febrero de 1999.



Desde el domingo 14 de Febrero de 1999 la casa de Moreno 1127 ostenta una placa que dice: «Aquí vivió Juan Francisco Defilippi. Músico de la ciudad. 1916-1995». Distinción que se suma a la de Guildo Corres (Poeta), Esteban Tortosa (Pintor) y Dorita Ríos (pintora), todas ellas descubiertas como parte de los últimos cuatro festejos del aniversario de Villa Constitución. Ya antes, en vida. Juan había recibido hartas muestras de respeto, admiración y cariño. Entre los homenajes más destacados y perennes se encuentran dos poemas, uno escrito por Santiago Lischetti («El Tango y el Maestro») y otro por Guildo Corres («Tanguero y sentimental»).


Músico intuitivo
Juan Defilippi nació en nuestra ciudad el 7 de setiembre de 1916 y falleció el 6 de noviembre de 1995. En su infancia se abocó al estudio de la música, inclinándose por el violín, instrumento que no abandonaría hasta el día de su muerte. «Con
tu violín, armado caballero/por su criolla Majestad el Tango/ anduviste, bohemio, tesonero/difundiendo hasta hoy su anti­guo rango», dice en su soneto Santiago Lischetti. El mismo historiador pone de relieve que con el músico fueron «casi contemporáneos, yo tengo ochenta y siete y él falleció a los setenta y nueve», agrega que «a la familia (Defilippi) la conocí de muy chico, cuando vivían en la esquina de General López e Irigoyen, donde vivieron muchos años. La hermana (de Juan) Elvira era una pianista consumada y solíamos cantar,
y él ya en esa época -que tendría unos 14 o 15 años-, tocaba el violín. Fue desde chico un intuitivo».

En todos los bailes
En 1932, cuando Juan contaba con sólo 16 años integra un conjunto típico creado por el músico José Nieves, después se incorporó a la primera Orquesta Típica de la ciudad, fundada y dirigida por el maestro Ernesto Roldán, en 1935. Más tarde, en 1943, conforma su propia orquesta, la que escribiría una de las historias más prolíficas y exitosas del tango villense.
A partir de entonces «animó todos los bailes populares en Villa. En la Sociedad Española yo he bailado diez años al compás de la orquesta, la que alternaba con la otra ‘caracterís­tica’, la de los hermanos Muriado. Donde había un baile estaba él; cuando se inauguró, allá por la década del '40, el bar ‘Chicago’, en calle Rivadavia, fue contratado para amenizar la inauguración. En todas partes estaba», recuerda Santiago Lischetti.
En 1980 impulsa la creación del Tango Club y una vez fundado pasa a dirigir la Orquesta Estable de la institución. La noche del 21 de noviembre de ese año la agrupación se presentó en Radio El Mundo, actuando durante 45 minutos en el programa «La Noche con amigos».

Por su parte Beatriz, la esposa de Juan, cuenta que lo conoció «en un baile del Club de Planeadores (que estaba ubicado en Irigoyen, frente a la plaza, donde hoy se encuentra la tienda «La Unión»), lo vi y me empezó a gustar, estuve dos años y medio para que se acercara a mí y ser novios. Fue un poquito duro enamorarlo, dice con una risa no exenta de nostalgia «Gracias a Dios nos quisimos mucho, tuvimos un matrimonio muy feliz, no recuerdo haberme peleado con él, haber cruzado alguna palabra, pero si darle un beso cuando entraba o cuando salía. Era muy, muy bueno».
Tres días después de haber cumplido 30 años, el 10 de setiembre de 1946, Juan se casó con Beatriz, quien además de acompañarlo en su vida artística lo apoyó en su otra pasión: la Unión Cívica Radical. «El fue candidato a concejal, fue presidente de Comité, actuó mucho, lo conoció muy bien a Alfonsín y a otros políticos». Si bien nunca ocupó un cargo electivo mantuvo una militancia constante hasta los últimos meses de su vida.

El domingo, en el acto realizado frente a la casa del músico ante una verdadera multitud compuesta por familiares, vecinos, amigos, autoridades, correligionarios e integrantes de su or­questa, la profesora María Aurora Ruíz de Pezzoffi ( Alolo) realizó una semblanza que resume muy bien la vida de Juan a quien definió como «un precursor de la música ciudadana» que «logró por su esfuerzo y capacidad musical trascender hacia otras ciudades, siendo el embajador del tango, representando a Villa Constitución en Rosario y en Radio El Mundo»
«Desde muy pequeño se volcó a la música y aprendió violín, y cuando salía para las clases se detenía a jugar al fútbol con otros chicos, usando el estuche como arco. Fue una persona apegada a su familia, conversador, locuaz, muy buen amigo, confidente con sus hijos. Aún hoy su familia continúa con el rito de reunirse todos los domingos a la hora del almuerzo en esta casa».

«No perdía la ocasión de brindar buenos consejos -siguió diciendo Alolo-, en la calle se lo veía respetuoso y con ese porte que sólo poseen los que nacen señores y además todo un hombre. Quizás muchos de los aquí presentes conocieron el amor y formaron pareja al son de su violín que marcaba el compás de sus tangos, donde se mezclaba la melodía con la ilusión y con los proyectos». «Algunos, o todos los que se casaban en la Iglesia reclamaban su presencia para la marcha nupcial; fue un gran colaborador con las instituciones villenses, y uno de los fundadores del Tango Club». Alolo terminó su emocionada semblanza destacando que «son muy pocos los que logran en su paso por la vida quedar en el espacio de la admiración, el cariño y el reconocimiento de todo un pueblo».

«Juan era un esposo muy cariñoso, y como padre también muy bueno, y como abuelo también. Era un hombre hermoso, tenía un alma extraordinaria”, afirma Beatriz.
Era una gran persona, un gran compañero, nos hacía pasar momentos lindos, él siempre tenía un chiste pata hacerte, era muy humorista pero siempre con altura», destaca Pascual Conti, uno de sus cantores.

«Tenía un cabal sentido de la amistad, de la honestidad, de la educación, fue toda la vida un hombre correctísimo, un poco apasionado en lo político», resume Lischetti y agrega: «Ha dejado un recuento grande por todas sus condiciones, de músico, de buen padre, de esposo, de buen vecino, de buen amigo.En fin, una figura que ha llenado una época de la música popular en Villa Constitución”.


UNA YAPA DEL AÑO 2016
El siguiente es el poema que Santiago Lischetti le dedicó en vida a Juan Defilippi, fue extraido del libro "Radiografía de Villa Constitución en tres placas", del año 1991.

EL TANGO Y EL MAESTRO
Para nuestro Juan Defilippi en el Día Nacional del Tango. 11/12.

Desde joven, a Euterpe ya entregado,
en la edad en que de todo éramos dueños
allá, cuando era verde nuestro prado
y dorado reposo nuestro sueño.

Con tu violín, armado caballero
por Su Criolla Majestad el Tango,
anduviste, bohemio tesonero
difundiendo hasta hoy su antiguo rango.

Figura popular; andar pausado,
estuche bajo el brazo. Eres el hombre
del dos por cuatro en haz filigranado.

Y es tal, con tu vida y la música el acuerdo
que amalgama se han hecho artista y nombre

para quedar por siempre en el recuerdo.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina.

Hoy es el turno de Angelito Sánchez, publicado el viernes 5 de febrero de 1999.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Simpático por naturaleza, entrador, de una am­plia actividad social. Angelito Sánchez es el arquetipo del personaje popular, querido y respetado por todos. Fue canillita, empleado de la Junta Nacional de Granos y hasta hoy vendedor de rifas. Impulsó la Mutual y la Asociación del Personal de la Junta, presidió el club Porvenir Talleres e inició el baby fútbol, entre tantas otras tareas que lo llevaron a ser conocido en toda la ciudad. Esta es su historia, tan sencilla como ejemplar.

El 10 de abril de 1915 nació en Empalme uno de los personajes más simpáticos y queridos de Villa Consti­pación: “Angelito” Sánchez. Su historia se inicia con una tragedia: la muerte de su padre por causa de una úlcera en una de sus piernas. Don Julián Sánchez falleció en el Hospital Español de Rosario cuando Angelito tenía cinco años. Dos años más tarde se radicó en barrio Talleres junto a su madre Agustina, «en calle Libertad y Saavedra, era como todos, un barrio chico; frente al galpón de máquinas, mi mamá tenía un restaurante.
«Yo soy fundador del baby fútbol en el año 43 (por entonces era presidente de Porvenir Talleres), creador de la Mutual de la Junta Nacional de Granos y creador también del Panteón Social (de la misma institución)», recuerda. Además «fui Secretario del Sindicato de Canillitas» y en la Asociación del Personal de la Junta Nacional de Granos «fui Secretario de Propaganda y Afiliación».

Pero los recuerdos vuelven a sus primeros años en Talleres y al primer trabajo, allá cuando tenía «doce años, en un almacén que era de Francisco Varela, yo salía con él, con un parlante haciendo la propaganda de lo que vendía». Como dato anecdótico señala que el tal Varela «estaba casado con una hermana de José María Cuesta, Primitiva se llamaba la señora, después se fueron a
vivir a Santa Fe y ahí murieron los dos y hace quince días los trajeron al cementerio de Villa».

Más tarde desarrolló una de las tareas por las que más se lo recuerda: canillita, actividad a la que le dedicó diecisiete años. «Fui uno de los primeros canillitas de Villa», afirma. Trabajo el a que lo obligó otra desgracia, «falleció mi mamá, yo tenía cinco hermanos menores y mi padrastro, porque mi mamá se había ca­sado por segunda vez, y yo tenía que ganar el puchero para todos, junto a uno de mis hermanos».

«Mi mamá falleció en el año 31, y yo empecé (como canillita), en el año 33, en San Nicolás y después empecé a trabajar acá en Villa, con Orihuela». Pasó el tiempo «y empecé a trabajar por cuenta mía, hasta el 46 que entré en la Junta de Granos, en San Nicolás», dice antici­pando el relato, pero enseguida vuelve a su historia como canillita. «Tenía un galpón en calle San Martín 1950, allí también vendíamos artículos de carnaval».
En aquella época «los diarios venían por correo, llegaban por tren a las cuatro de la mañana en Empalme, y yo iba a buscarlos con la bicicleta y los iba repartiendo a medida que iba llegando a Villa» por entonces tenía más de novecientos clientes. Luego la bicicleta fue reemplazada por un «forcito» y una mañana en que iba a buscar los diarios «me agarró un golpe de aire y cuando llegué a Empalme a armar los diarios en la estación -la Crítica traía un suplemento especial y había que colocarlo adentro del diario- y con la mano sucia (de tinta) me pasé la mano por los ojos (lo que le provocó una grave infección) y el «doctor Luzuriaga, en vez de darme remedios fríos me los recetó calientes» lo que agravó su situación. «Me llevaron a Buenos Aires, al Hospital Santa Lucía y ahí me curaron y me terminó de curar un pastor, porque estoy en la iglesia evangélica».

Como ya mencionó, en 1946 Angelito ingresó a la Junta Nacional de Granos, «en la delegación Buenos Aires y de allá conseguí el traslado a Villa porque tenía toda la familia acá». Cabe acotar que se había casado el 3 de abril de 1938 con Sara Zulema Pizzini, y así fue como el 10 de enero de 1950 pasó a la delegación local de la entonces entidad estatal, «siempre en contaduría».
«Me jubilé en la Junta en el año 75» y «después me dediqué a la venta de rifas». Actividad en la que se inició también en 1975 «para recolectar dinero para levantar el edificio de la Mutual frente a Riberas, después levantamos el edificio del sindicato, y a continuación él Panteón Social». Este último fue iniciativa del propio Angelito: «Usted con vida quiere tener su casa, después de muerto tiene que tener su casa también», expuso en una asamblea del sindicato. «Empecé con la rifa del Elevador, y el primer premio que vendí fue un auto a José María Cuesta, que era compañero mío», dice.
«Mientras trabajé (en la Junta) vendía la rifa de la Mutual, después cuando me jubilé empecé a vender rifas por cuenta mía, de ahí para adelante hasta la actualidad».

Tallarín de toda la vida asegura tener «sangre azul y amarilla» aunque casi nunca jugó al fútbol. «Una vez quise jugar y casi me rompieron la canilla y a raíz de eso no jugué nunca más». De su época como presidente de Talleres rememora que «se hacían unos bailables los domingos a los que iba cualquier cantidad de gente, y ahí en uno de ellos cayó muerto, bailando, Adolfo Cristini». Según Angelito, Cristini, «era un personaje» que junto a «Fajardo y Bolzani intervinieron ante la gente del Directo­rio de Acindar para que la empresa viniera a Villa». Sobre la fecha precisa de esta muerte, Angelito no tiene certeza, pero ocurrió entre los finales de la década del 40 y princi­pios del 50.

Angelito tuvo una amplia actuación social, a lo ya enumerado debe sumársele que fue «secretario del hospi­tal» y además «por coincidencia del destino yo nací el 10 de abril de 1915 y ayudó en mi nacimiento Angela Lischettí, la mamá de Santiago y a ella le hice colocar en el cementerio una placa recordatoria por ser la primera par­tera recibida dé Villa, porque estaba la señora de Peberelli, pero ella atendía sin tener título».

Así, genio y figura, desde su nacimiento hasta la actualidad, agradecido y querido. Angelito es lo que indica su nombre y el apodo que recibió como vendedor de rifas: «El angelito de la buena suerte».

Nota del 15 de agosto de 2016: Angel Quiroga, uno de los grandes músicos que tenemos en Villa Constitución, es sobrino de Angelito Sánchez y confirmó que su deceso se produjo el 18 de julio de 2004, a los 89 años de edad.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina.

Hoy es el turno de Angelito Sánchez, publicado el viernes 5 de febrero de 1999.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Simpático por naturaleza, entrador, de una am­plia actividad social. Angelito Sánchez es el arquetipo del personaje popular, querido y respetado por todos. Fue canillita, empleado de la Junta Nacional de Granos y hasta hoy vendedor de rifas. Impulsó la Mutual y la Asociación del Personal de la Junta, presidió el club Porvenir Talleres e inició el baby fútbol, entre tantas otras tareas que lo llevaron a ser conocido en toda la ciudad. Esta es su historia, tan sencilla como ejemplar.

El 10 de abril de 1915 nació en Empalme uno de los personajes más simpáticos y queridos de Villa Consti­pación: “Angelito” Sánchez. Su historia se inicia con una tragedia: la muerte de su padre por causa de una úlcera en una de sus piernas. Don Julián Sánchez falleció en el Hospital Español de Rosario cuando Angelito tenía cinco años. Dos años más tarde se radicó en barrio Talleres junto a su madre Agustina, «en calle Libertad y Saavedra, era como todos, un barrio chico; frente al galpón de máquinas, mi mamá tenía un restaurante.
«Yo soy fundador del baby fútbol en el año 43 (por entonces era presidente de Porvenir Talleres), creador de la Mutual de la Junta Nacional de Granos y creador también del Panteón Social (de la misma institución)», recuerda. Además «fui Secretario del Sindicato de Canillitas» y en la Asociación del Personal de la Junta Nacional de Granos «fui Secretario de Propaganda y Afiliación».

Pero los recuerdos vuelven a sus primeros años en Talleres y al primer trabajo, allá cuando tenía «doce años, en un almacén que era de Francisco Varela, yo salía con él, con un parlante haciendo la propaganda de lo que vendía». Como dato anecdótico señala que el tal Varela «estaba casado con una hermana de José María Cuesta, Primitiva se llamaba la señora, después se fueron a
vivir a Santa Fe y ahí murieron los dos y hace quince días los trajeron al cementerio de Villa».

Más tarde desarrolló una de las tareas por las que más se lo recuerda: canillita, actividad a la que le dedicó diecisiete años. «Fui uno de los primeros canillitas de Villa», afirma. Trabajo el a que lo obligó otra desgracia, «falleció mi mamá, yo tenía cinco hermanos menores y mi padrastro, porque mi mamá se había ca­sado por segunda vez, y yo tenía que ganar el puchero para todos, junto a uno de mis hermanos».

«Mi mamá falleció en el año 31, y yo empecé (como canillita), en el año 33, en San Nicolás y después empecé a trabajar acá en Villa, con Orihuela». Pasó el tiempo «y empecé a trabajar por cuenta mía, hasta el 46 que entré en la Junta de Granos, en San Nicolás», dice antici­pando el relato, pero enseguida vuelve a su historia como canillita. «Tenía un galpón en calle San Martín 1950, allí también vendíamos artículos de carnaval».
En aquella época «los diarios venían por correo, llegaban por tren a las cuatro de la mañana en Empalme, y yo iba a buscarlos con la bicicleta y los iba repartiendo a medida que iba llegando a Villa» por entonces tenía más de novecientos clientes. Luego la bicicleta fue reemplazada por un «forcito» y una mañana en que iba a buscar los diarios «me agarró un golpe de aire y cuando llegué a Empalme a armar los diarios en la estación -la Crítica traía un suplemento especial y había que colocarlo adentro del diario- y con la mano sucia (de tinta) me pasé la mano por los ojos (lo que le provocó una grave infección) y el «doctor Luzuriaga, en vez de darme remedios fríos me los recetó calientes» lo que agravó su situación. «Me llevaron a Buenos Aires, al Hospital Santa Lucía y ahí me curaron y me terminó de curar un pastor, porque estoy en la iglesia evangélica».

Como ya mencionó, en 1946 Angelito ingresó a la Junta Nacional de Granos, «en la delegación Buenos Aires y de allá conseguí el traslado a Villa porque tenía toda la familia acá». Cabe acotar que se había casado el 3 de abril de 1938 con Sara Zulema Pizzini, y así fue como el 10 de enero de 1950 pasó a la delegación local de la entonces entidad estatal, «siempre en contaduría».
«Me jubilé en la Junta en el año 75» y «después me dediqué a la venta de rifas». Actividad en la que se inició también en 1975 «para recolectar dinero para levantar el edificio de la Mutual frente a Riberas, después levantamos el edificio del sindicato, y a continuación él Panteón Social». Este último fue iniciativa del propio Angelito: «Usted con vida quiere tener su casa, después de muerto tiene que tener su casa también», expuso en una asamblea del sindicato. «Empecé con la rifa del Elevador, y el primer premio que vendí fue un auto a José María Cuesta, que era compañero mío», dice.
«Mientras trabajé (en la Junta) vendía la rifa de la Mutual, después cuando me jubilé empecé a vender rifas por cuenta mía, de ahí para adelante hasta la actualidad».

Tallarín de toda la vida asegura tener «sangre azul y amarilla» aunque casi nunca jugó al fútbol. «Una vez quise jugar y casi me rompieron la canilla y a raíz de eso no jugué nunca más». De su época como presidente de Talleres rememora que «se hacían unos bailables los domingos a los que iba cualquier cantidad de gente, y ahí en uno de ellos cayó muerto, bailando, Adolfo Cristini». Según Angelito, Cristini, «era un personaje» que junto a «Fajardo y Bolzani intervinieron ante la gente del Directo­rio de Acindar para que la empresa viniera a Villa». Sobre la fecha precisa de esta muerte, Angelito no tiene certeza, pero ocurrió entre los finales de la década del 40 y princi­pios del 50.

Angelito tuvo una amplia actuación social, a lo ya enumerado debe sumársele que fue «secretario del hospi­tal» y además «por coincidencia del destino yo nací el 10 de abril de 1915 y ayudó en mi nacimiento Angela Lischettí, la mamá de Santiago y a ella le hice colocar en el cementerio una placa recordatoria por ser la primera par­tera recibida dé Villa, porque estaba la señora de Peberelli, pero ella atendía sin tener título».

Así, genio y figura, desde su nacimiento hasta la actualidad, agradecido y querido. Angelito es lo que indica su nombre y el apodo que recibió como vendedor de rifas: «El angelito de la buena suerte».

"La Casa", un relato sobre la pandemia de Covid 19

En la entrada anterior de este blog conté que 2021 participé con dos obras del "22º Encuentro Provincial de Poetas y Narradores" e...