viernes, 27 de mayo de 2016

Luis Capriotti y sus gatas

Tomé como norma, cada viernes, una vez terminada la ardua semana de labor en el Diario EL SUR, publicar en este blog los escritos del maestro Luis Capriotti (actor, escritor, dramaturgo, periodista, enorme y talentoso artista villense, amigo).

Estos textos los fue publicando en el semanario Tiempo que se editó en Villa Constitución entre 1991 y 1993, aunque Luis sólo colaboró durante el primer año.

El que presento hoy apareció el viernes 19 de septiembre de 1991, en una edición del semanario donde en tapa se reflejaba el categórico triunfo de Jorge Malugani en su primer reelección como intendente. Cabe recordar que Luis fue secretario de Cultura de esa gestión.

Este texto tiene dos particularidades, por un lado aparece en el una de las pocas menciones que Luis realizó públicamente sobre su ex esposa (aunque sin mencionar su nombre), una actriz que luego se radicó en México. Por otra parte expresa su amor por los gatos y se manifiesta crítico para con los perros, actitud que luego cambiaría cuando llegara a su vida “Viernes”, un terrier que sería su gran compañero.

Queridos amigos, nuevamente Luis Capriotti con Uds.:







SERES SUPERIORES QUE NOS MANTIENEN A DISTANCIA


Durante  años no me dijeron ni fu ni fa.
Las hubo en el campo de mi infancia y en la ciudad de mi adolescencia. La tradición de una gata blanca generación tras generación, a quienes mi padre alimentaba y mimaba a la hora de las comidas.
A mi me miraban con ese aire de hembra superior que tienen y me mantenían a distancia como hembras demasiado hermosas, claro a esa edad ese tipo de mujeres me asustaban y por lo tanto las des­preciaba.
Al irme de la casa paterna perdí noticias de los gatos domésti­cos. .. es más me importaban un carajo: el comedor con sillas de Viena, mí cama de hierro forjado o la foto de tía Dominga.
Los gatos aparecían en “Rayuela” de Cortázar y la Maga que no era ni superior ni hermosa les rascaba el lomo y uno tuvo algunas Magas con minifalda y medias negras pero de gatos ni ahí.
En Palermo había gatos, y gente que les daba de comer, nuestro departamento era muy chico para un perro, mi mujer decidió que el olor a pichí de gato era espantoso por lo tanto ningún "micho" habi­tó el bulín de la calle Paraguay que no fuera unas sospechosas pin­tora naif que colgaban de las paredes.
Pero uno siempre vuelve y la casa paterna seguía conteniendo el comedor con las sillas de Viena, mi cama de hierro forjado, la foto de la tía Dominga, un padre de ojos azules que se iba tranquilo pero se­guro a la vejez que acompañaba dignamente.
Una gata blanca, ¿cuántas generaciones después? ¿hija de quién? Eso sí superior, demasiado hermosa, distante, con este humano extraño que pintaba casualmente las paredes de blanco, escuchando Mozart a todo volumen, que llenaba la casa de libros tentadores pa­ra arañarlos sin lástima.
Ese humano que hablaba mal de las mujeres pero extrañaba cier­tos ojos al mirar los suyos cargados de un misterio a rayitas.
Y esa masa blanca parió una noche tormentosa otra masa blan­ca. Las dos enroscadas en una canasta armaron un plan para que el humano de los anteojitos redondos se enamorara de ellas.
Después de todo ya no le tenía miedo a las hembras superiores y hermosas, y encima contaba con libros suficientes para afilarse las uñas de por vida, lástima la música de ese tal Mozart.
Y el humano se enamoró de ellas, las tuvo sobre las piernas ante un fuego de leña, se las aguantó a los pies de la cama, las retó cuan­do intentaban destrozar un Quijote del Siglo XVIII.
Y llamo al doctor Nito Ramallo a cualquier hora aprendiendo con el que no son adornos, son seres, y muy especiales. Que fueron respetados y amados en todas las civilizaciones primitivas; que fueron robados a los egipcios para ser llevados a Grecia salvando las co­sechas; que aprendieron a tapar sus excrementos durante la Edad Media para cuidarse de la perseverante persecución de la Iglesia, que los consideraba representantes del Diablo ya que veían de noche o vivían con sospechosas mujeres independientes... después quemadas como brujas.
El ser humano dependiente de las gatas blancas de mi casa averiguó que la peste Negra famosa se debió en parte a la casi extinción de los mininos; que nos les gusta la música a mucho volumen; traen suerte, se dan cuenta de todo te que pasa en la casa y por lo tan­to odian las discusiones; no les interesa la muerte como a esos seres histéricos: los perros ¿será que ellos tienen la verdad da la vida y la muerte?                              
Y   ahora en mi cata sigue la tradición de la gata blanca, y como a mi edad me encantan las hembras con aire superior y demasiado hermosas todo anda bien, lástima que se pone nerviosa con los tacos altos de ciertas visitas.

Pero con las diosas hay que hacer concesiones… aunque nos mantengan a distancia.

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