martes, 3 de mayo de 2016

Luís Capriotti y los mates


Mi amigo y maestro, Luís Capriotti, dejó una larga aunque dispersa obra durante su agitada vida. Quiero aprovechar este espacio para recuperar parte de sus trabajos, de sus escritos; actor, director, periodista, poeta, narrador, genio. Todo ello puede describirlo. Ante la intención de quienes lo conocieron y de otros que saben de su legado de realizarle diversos homenajes, pretendo acercarles todo el material que pueda encontrar a través de este blog. Cabe recordar que aquí mismo pueden hallar, en entradas de años anteriores algunas notas que escribí sobre él.

A continuación reproduzco un texto de su autoría publicado en el Semanario Tiempo el 5 de septiembre de 1991. Está construido con fragmentos de su vida que le oí contar en más de una oportunidad.
Disfrútenlo.

Dulce o amargo según los gustos

Despertar un lunes a la mañana es una pálida, pero si además uno prende la radio y oye malas noticias, es para meterse de cabeza bajo las frazadas y...
Esto me pasó un lunes. Prendí la radio, una locutora atónita anun­ciaba que Gorvachov... Y en otra emisora que el Vice-Presidente... Y en Radio Nacional que los tan­ques...Y en otra finalmente, los Pla­teros le cantaban “Only You” a to­dos los que quisieran oírlos. Doblé la almohada y me puse a pensar (co­sa que uno puede hacer al levantar­se solo los lunes a la mañana).
Nuestra generación, mi genera­ción, los nacidos a lo largo de la dé­cada del ’40, fue una generación va­puleada por recuerdos frescos de guerras dados por tíos italianos re­cién emigrados, por “Perón, Perón, que grande sos!" y después escu­chábamos a los adultos diciendo que no era tan grande, para callarse in­mediatamente, al darse cuenta de nuestra presencia. Y los comunistas eran terribles porque no podían te­ner casa propia y no usaban vaque­ros. Y crecíamos.
Los profesores del secundario eran feroces y teníamos que apren­der largas listas de fechas a memo­ria limpia, mientras tu compañerita hacía todo lo posible para disimular -bajo el guardapolvo- loe brutos pe­chos que se le notaban bastante bien durante los gloriosos veranos del Náutico.
Fuimos las últimas víctimas de los pantalones cortos -para nosotros hasta los trece- y los bombachudos bajo la pollera-pantalón de gimna­sia -para ellas-; y las primeras vícti­mas (nosotros) de unos calzoncillos “CASI" que nos oprimían hasta la libi­do y ellas de almidonados pollerines imposibles de maniobrar, si hubiese al­guna mano masculina dispuesta a hacerlo.
Nosotros éramos iniciados sexualmente en una brutal y olvidable noche de suburbios, y ellas serían iniciadas en la noche de bodas como debía ser.
Y llegaron los '60, Elvis movió la pelvis y el mundo hizo plop. Murió Marilyn. Nos dimos cuenta que ya no éramos chicos
Nos dejamos pelos largos (no­sotros), se acortaran las faldas (ellas), y por primera vez en la historia de Villa nos franeleamos dulcemente en CARIOCA o EXASUM, o etc. Por primera vez las madres no acom­pañaban a las nenas a bailar. Podía­mos abandonar carreras gloriosas como Abogacía, Medicina, Ingenie­ría Eléctrica, para dedicamos a lo que se nos cantara.
Pero la mayoría no sabía qué hacer con tanta libertad.
Se murió Kennedy y los rusos levantaron el muro de Berlín; pero todo estaba tan lejos que mejor era escuchar a los Beatles.
Algunos conocíamos el Institu­to Di Tella. Nacha era flacucha, se cantaba de hambre y tenía una voz espantosa. Tanguito aparecía por allí remugriento, con calzas de baile y zapatillas.
Nosotros dejábamos el pelo un poco más largo.
Afuera, en la calle, iban y vení­an milicos/civiles y nosotros votá­bamos desganadamente con la ma­rrón terrosa.
Chillábamos porque éramos jóvenes, no nos daban posibilidades y nos cagábamos en la política. Cuando quisimos aprender algo de políti­ca, nos cagaron a palos.
Se dejaron de usar minifaldas y los pantalones patas de elefante. Habíamos leído como cinco veces “Rayuela”, de Cortázar, conseguirnos un empleo fijo; un cuñado nos pres­tó para comprar las alianzas.
Afuera gente siniestra nos mi­raba y nos seguíamos sintiendo la generación perdida.
Y nos levantábamos los lunes con un humor de perros, pero llevá­bamos leído "Cien años de soledad" seis veces. Afuera los peronistas y los radicales prometían (y se roba­ban el oro y el moro) y nosotros nos comprábamos la video. Vimos que el muro de Berlín se transformaba en un stand de souvenirs pétreos y nos dijimos: Qué suerte! Nunca lo hubiésemos imaginado!
De repente se empezó a morir gente de nuestra camada, otras no aparecían, otros mandaban postales cada vez más esporádicas.
Los Beatles seguían cantando.
Una locutora dijo que Gorvachov estaría muerto y que “ahora escucharemos a Joan Báez”…
Oh mi Dios! Es demasiado para mí. Me volví a tapar con las sábanas… Una generación afortunada la nuestra.
No fui a trabajar ese lunes por la mañana, a mi edad me puedo dar ese lujo. Y el fin de semana que viene alquilo “HAIR” y la miro por décima vez.
Tuve una pesadilla en ese medio sueño: era un hongo de humo - ah! esa si que no. Generación castigada pero no tanto.

Me levanté finalmenta, puse un cassette de Serrat y preparé mate, lo único que realmente nos acompasó en tanto tiempo, dulce o amargo según los gustos.

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